nereidas y lobos de mar

Si juegas no quiero perder

Se hace tarde, un poco más tarde, cada vez más tarde, definitivamente tarde. “Ya es tarde, Ariadna”, le dice una voz interior que suena exactamente igual que la suya y que le recuerda que su cita espera en el portal desde hace más de veinte minutos. Su “ahora bajo” ha durado la eternidad que tardó en elegir y probarse frente al espejo la lencería perfecta: sujetador sin aros, medias al muslo, liguero y bragas sí pero mejor no. ¿Y qué más da el color si su piel es de seda? El vestido, cuidadosamente extendido sobre la cama, estaba decidido de antemano al igual que los zapatos de tacón y los restantes complementos. “Debería ser octubre todo el año”, dice con gracia su armoniosa voz interior. El peinado brilla por su ausencia, pero así es ella: la chica capaz de calzarse unas deportivas con un sugerente vestido de noche. Un recogido, sin mucho orden, le da un aspecto desenfadado y juvenil. No se peina por comodidad y porque su larga melena siempre queda eclipsada por el azul intenso de sus ojos.

Su cita se llama Jorge, tiene cuarenta y dos años, siete más que ella, viste vaqueros, zapatos de tela, camisa blanca y un atractivo rapado al cero en la cabeza y en el pubis. Su fornido bíceps derecho se ha vestido para la ocasión con un tatuaje, al igual que su pierna izquierda desde el tobillo hasta la rodilla. Sus pobladas cejas negras esconden una mirada franca aún más oscura. El negro y el azul combinan bien cuando se miran. Su miembro viril conoce profundos secretos, todos, excepto el que esconde Ariadna bajo su falda, que saluda con gracia a su pantalón cuando se besan rozando apenas la comisura de sus labios.

-Sube.

-¿Pero no querías salir?

-Ya no, estás muy guapo.

-Tú estás preciosa.

-Y a ti se te nota la erección.

-¿Estás segura?

-Sí.

Ariadna es imprevisible y a Jorge le gusta dejarse llevar. Son una pareja de esas que, sin ser pareja, hace muy buena pareja. Él mide un metro noventa y tres, ella uno setenta y seis con tacones y sin tacones, ¿qué más da si su cuerpo es miel?. Ella le coge de la mano para guiarle hasta su refugio y él la atrae hacia su pecho para besarla.

-Bésame dentro.

-¿Por qué?

-Porque sí.

Su risa risueña abre el portal y le guía hasta el ascensor que, cómplice de sus juegos juvenilmente maduros, les espera con las puertas abiertas.

-Vivo en el cuarto derecha, ¿te acordarás?

-Me acordaré.

-Ya puedes besarme.

Jorge la besa con la delicadeza de un gigante que sabe jugar a las muñecas y ella cierra los ojos, flexionando la rodilla derecha con el talón hacia arriba.

-Tócame el culo.

-Es firme, me gusta.

-Por debajo de la falda, idiota.

Las manos de Jorge sujetan con firmeza sus desnudas nalgas de seda y las de Ariadna tantean con curiosidad los ajustados vaqueros. La puerta del apartamento se abre y se cierra por arte de magia sin que ellos puedan dejar de besarse.

-Si juegas no quiero perder.

¿Qué más da quién lo ha dicho si sus cuerpos desnudos por fin se han abrazado?

 

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